Las nuevas tecnologías y el confinamiento por la pandemia del coronavirus, nos ha llevado al trabajo remoto y al entretenimiento online, bien sea a través del computador o del móvil. Para nadie es un secreto que las relaciones interpersonales se han desplazado a una relación meramente virtual.

Hoy en dia estamos ante una generación «desconcentada» y nos ronda una pregunta ¿es posible que esa desconcentración esté teniendo efectos a largo plazo en nuestra memoria, nuestra atención y en nuestras capacidades cognitivas?

La respuesta es sencilla, efectivamente y según expertos el uso prolongado tráe cambios funcionales, a nivel estructural y a todos los niveles.

Las mismas pantallas han modificado sustancialmente nuestra corteza somatosensorial,o en palabras más simples, han cambiado la forma en que tocamos el mundo.

No hay que olvidar tampoco que, como nos explicaba Manuel Sebastián, investigador de la Unidad de Cartografía Cerebral de la Universidad Complutense, «sabemos que el texto que incluye enlaces (hipertexto) parece recordarse peor en general, lo que es totalmente lógico porque constituyen distractores y el papel de la atención es crítico en el recuerdo».

Esto tiene implicaciones importantes en la medida en que trabajamos en ambientes virtualmente muy enriquecidos y que, por el hecho de estarlo, nos impiden procesar y nos dificultan la concentración.

Y sin concentración, los recuerdos se vuelven quebradizos. Esto se da a niveles muy básicos que afectan también a los recuerdos que ya tenemos: cuando optamos por buscar la información en Google en lugar de intentar recordarlo estamos impidiendo que ese tipo de información pase a nuestra memoria.

Pero, ojo, esto es normal. «El hecho de que la información se procese de forma diferente, no es necesariamente malo», nos contaba Sebastián. Nuestro cerebro se pasa la vida reorganizándose) y las tecnologías de la información nos llevan afectando desde los primeros pictogramas.

De hecho, como señalaba en The Observer, Chris Bird, profesor de neurociencia cognitiva en la Facultad de Psicología de la Universidad de Sussex, “siempre hemos descargado cosas en dispositivos externos, como escribir notas, y eso nos ha permitido tener vidas más complejas. No tengo ningún problema con el uso de dispositivos externos para aumentar nuestros procesos de pensamiento o de memoria. Lo estamos haciendo más, pero eso libera tiempo para concentrarnos, enfocarnos y recordar otras cosas”.

Consecuencias…

El problema es saber si todas estas consecuencias positivas pueden tener algún problema asociado. El ejemplo más claro es el hipocampo. Esta área del cerebro está muy relacionado con la orientación espacial. De hecho, la idea de que los taxistas de Londres lo tienen hiperdesarrollado es un lugar común en el mundillo de la neurociencia. Pero, ¿qué pasa si dejamos de necesitar orientarnos? ¿Qué pasa si empezamos a recurrir a los mapas del móvil de forma desproporcionada y el hipocampo acaba por subdesarrollarse?

Sobre todo, porque en el cerebro rara vez hay algo que tiene un solo uso. Oliver Hardt, de la Universidad McGill de Montreal, decía que «la densidad reducida de materia gris en esta área del cerebro va acompañada de una variedad de síntomas, como un mayor riesgo de depresión y otras psicopatologías, pero también ciertas formas de demencia». Estamos lejos de tener una relación causal, pero si Hart está en lo cierto “el costo de esto podría ser un enorme aumento de la demencia» (y, a largo plazo, del Alzheimer). Esto, con una población mundial cada vez más longeva, sí que es un problema.

Unas consecuencias sobre las que estamos investigando…

El problema, como siempre, es que no es sencillo saber de qué estamos hablando. En EEUU hay un estudio que está siguiendo a más de 10.000 niños año tras año para saber cómo afecta exactamente el teléfono móvil al desarrollo neurocognitivo. Los primeros estudios lo tienen claro: hay una relación entre el adelgazamiento cortical y la tecnología. Lo que no sabemos a ciencia cierta es qué significa eso. Sobre todo, porque ese adelgazamiento es algo que surge de forma natural con el tiempo; es decir, no sabemos si están madurando antes, o están envejeciendo más rápido.

más alla de todo esto… ¿Qué ocurre si descubrimos que lo que perdemos por el uso de la tecnología no se ve compensado como ha pasado históricamente hasta ahora? Es cierto que, por ahora, no hay datos sólidos que nos obliguen a enfrentarnos a esa pregunta; pero cada vez parece más cercano el día en que tengamos que tomar cartas en el asunto.

El gran reto de la actualidad parecer se desarrollar los mecanismos sociales necesarios para recuperar el control sobre lo que es bueno o malo para nosotros mismos.

Con Xataka