Ismael Guevara

El fútbol no entiende de geografía. El balón solo obedece las órdenes de quien lo toca y es por ello que cada vez más se acortan las distancias entre los países. Ejemplo claro es el seleccionado de Islandia, uno de los dos debutantes en el presente Mundial de Rusia 2018, que viene a ser una historia fascinante de superación y evolución pese a las adversidades.

Antes de pisar el césped para convertirse en el país de menor población que logra clasificarse a una Copa del Mundo con sus 334.000 habitantes (superando a Trinidad y Tobago), los vikingos ya fueron historia pura. En la previa a la cita de Brasil 2014 avisaron al quedarse fuera en la repesca, pero en 2016 sorprendieron al planeta entero con su gesta en la Eurocopa en la que superaron la fase de grupos eliminando incluso a Inglaterra.

Lo de aquel momento no sería un logro aislado ni producto de la casualidad. Para Rusia, dejaron de ser una utopía y son toda realidad, una tan palpable como el hecho de ya haber causado ruido con un importante triunfo en su estreno ante la poderosa Argentina de Mesi y compañía.

El caso de Islandia es digno de valorar. No solo en lo estrictamente deportivo con los méritos propios para ganarse un lugar en el concierto internacional sino por todos los detalles e historias paralelas que rodean a este seleccionado. El arraigo y cercanía de la afición con el equipo, y el desarrollo y avance gracias al sostenido trabajo federativo con inversión en infraestructura y formación de técnicos son solo dos de las aristas, aunque no las únicas.

Su plantilla, comenzando por el director técnico, es uno de los focos que fascinan a propios y extraños. Dado su corto historial, Islandia guarda entre sus 23 convocados una estrecha relación entre deporte y vida en la que se conjugan a la par fútbol y otros quehaceres. Al hablar de su nómina y analizar sus posibilidades es tan pertinente señalar su potente juego aéreo como las ocupaciones que muchos pueden tener cuando no juegan entre las líneas de cal.

UN DENTISTA AL FRENTE DEL BATALLÓN

Heimir Hallgrimsson salta como elemento distintivo en este sentido. El entrenador islandés ha convivido entre los campos y un consultorio, pues es dentista de profesión y, el menos en los primeros años, debió compartir su tiempo en impartir instrucciones y atender a sus pacientes. Aunque ha confesado que debido a los compromisos deportivos se ha enfocado más en el fútbol, afirma que su otra ocupación le ha ayudado a gestionar a sus dirigidos.

Cabe destacar que Hallgrimsson también ha sido noticia alrededor del mundo, pues una de sus costumbres es visitar un bar en Islandia y previo a los partidos compartir con la hinchada e incluso revelar detalles como alineaciones.

El armisticio conseguido ante la “albiceleste” fue un logro grupal, que es uno de los puntos fuertes de este seleccionado. Sin embargo, al hablar de factores individuales es imposible dejar a un lado al portero Hannes Halldorsson, elegido MVP del partido después de detener una pena máxima, nada más y nada menos, que a Lionel Messi. Pero más allá de la notoriedad que le dio ganarle el pulso al considerado por muchos el mejor jugador del mundo, el cuidavallas del modesto Randers danés también posee otros elementos de atractivo.

Halldórsson va ganando fama, poco a poco, gracias a su otra profesión: director de cine. De hecho, ha realizado, a petición de ‘Coca-Cola’, el ‘spot’ oficial de Islandia para el Mundial 2018 bajo el título Saman (‘Juntos’). No es, ni mucho menos, su primera gran incursión en el mundo audiovisual. En 2012 grabó el videoclip de la canción que llevó Islandia a Eurovisión. También dirigió el documental ‘Nuestros Jugadores’, con Eidur Gudjohnsen como estrella.

Birkir Már Saevarsson fue otro de los héroes de su país en el estreno alentador aunque el lateral derecho no sólo vive del fútbol, ya que cuando no entrena trabaja en una fábrica de sal. Con 80 internacionalidades a sus espaldas, el veterano trabaja en una fábrica de sal negra en la zona industrial de Reykjavík. No lo hace por dinero, sino para sentirse útil cuando no entrena con el Valur, equipo de la capital islandesa. Es el único jugador de los 23 seleccionados que permanece en la liga doméstica.

Gylfi Sigurdsson, quizás el principal referente de este combinado es otro ejemplo en la duplicidad de funciones. Apodado como Iceman, es pareja de una ex Miss Islandia, y empresario de éxito como propietario de una flota de embarcaciones dedicadas a la pesca de bacalao.

Kari Arnason y Aron Eianr también comparten la historia de sus compañeros y lejos del fútbol han encontrado otra gran pasión. El primero de ellos primero estuvo viajando por el mundo encestando en varios equipos además de ocasionalmente integrar una banda musical. El símbolo y capitán del equipo, al igual que su hermano, antes de entregarse al balompié fue jugador de handball.

Jón Dadi Bodvarsson, del Reading de Inglaterra, esta ligado a labores filantrópicas al crear una fundación en su ciudad natal Selfoss, que ayuda a los niños a cumplir su sueño de jugar al fútbol.

Rúrik Gislason también ha dado de que hablar aunque en un plano más banal. Ha irrumpido en el foco mediático como el nuevo Beckham por su atractivo, y es que cuando saltó al campo en el minuto 63 frente a Argentina, el islandés causó furor en medio mundo, tal y como lo refleja que, en tan solo tres días, haya pasado de tener 35.000 seguidores en Instagram a tener 550.000. Un ‘boom’ en toda regla.

No sería descabellado pensar que de no continuar como futbolista, el extremo perteneciente al SV Sandhausenahora de la Bundesliga 2, ahora le lluevan contratos publicitarios.